“Que se sepa la verdad”, claman comuneros de Arantepacua durante peritajes

Arantepacua, Nahuatzen.- “Revisen bien en la calle, porque allá hay casquillos de bala”, señalan a los peritos del Ministerio Público y a los enviados de la Comisión Estatal de Derechos Humanos (CEDH) autoridades comunales de Arantepacua durante la revisión de evidencias en el lugar.

Su convicción es una, que se sepa la verdad de lo ocurrido el pasado miércoles 5 de abril, cuando elementos de seguridad irrumpieron en sus caminos, sus casas, sus vidas pretextando un operativo para el rescate de unidades vehiculares y que al final, lo que les arrancó fue la vida de cuatro comuneros a punta de balas.

No había pasado ni un día del encontronazo cuando las autoridades estatales salieron a decir que fueron ellos, los comuneros los que los emboscaron, por eso ahora que revisen bien, que guarden registro de todo, que inspeccionen, que no pierdan detalle para que se sepa la verdad.

A Miguel Valdez, jefe de Tenencia de Arantepacua la tristeza le inunda el semblante, la gorra gris que cubre su cabeza apenas si disimula con la sombra su pesar, él encabeza el contingente de comuneros que guían a las autoridades para que realicen los peritajes, desde la carretera por la que arribaron las fuerzas de seguridad hasta la calle 20 de noviembre.

Al recorrido de los peritos se van sumando comuneros para aportar elementos y detalles, muestran las casas, los muros con impactos de bala, las ventanas y marcos de las puertas quebrados por los disparos, todo está ahí, a simple vista, basta sólo con voltear y querer mirar.

Frente a las palabras no escritas, frente a la historia que se buscó ahogar o que se pretendió contar de manera distinta la petición es clara: “ojalá que lo que estamos diciendo se escuche y que lo que estamos mostrando se sepa”.

La atención pública está concentrada en el sepelio de los tres comuneros que fallecieron el miércoles, los peritajes se realizan más allá, donde fueron los hechos. Desde lo lejos se cuela el sonido de una banda de viento mezclado con las consignas de los dolientes.

Acomodado en un sombrero de palma, con camisola y camiseta de luto, un comunero muestra una casa de madera “derruido por la incursión de los policías”, asegura. Los casquillos y los impactos de bala dan pie a recrear mentalmente la escena, lo ocurrido apenas un día antes, cuando el pánico bombeaba la sangre de niños, mujeres y hombres en Arantepacua.

Más allá está el predio conocido como “La loma”, el mismo en donde fue asesinado Luis Gustavo Hernández Cohenete, el joven de 16 años que estudiaba en el Colegio de Bachilleres y al que la muerte le salió al paso cuando salía de la escuela.

Los peritos recaban las evidencias mientras los comuneros recuerdan cómo Luis Gustavo corrió desde una bodega que los comuneros llaman “El Cerezo” –ubicada a unos 200 metros de la comunidad- cuando vio la fila de patrullas que se dejaban venir en cascada, corrió y corrió mientras lo perseguían, pero unas piernas nunca serán más veloces que las balas, “él tiene un tiro de gracia en la cien”, aseguran.

A la orden de los peritos, los comuneros se colocan en fila para recorrer el lugar buscando casquillos que permitan determinar las condiciones de la muerte de Luis Gustavo, no hace falta recorrer mucho, la evidencia está ahí exhibiendo sin pudor su fatídica existencia.

Un hombre levanta la mano para indicar que encontró decenas de casquillos de balas, a los que luego se sumaría más evidencia, en un predio contiguo también son visibles marcas de llantas de vehículos.

De prisa un perito acude al lugar, “toma la foto antes de que coloque mi papel”, dice, “la gente no sabe y piensa que debemos hacer todo esto con guantes, pero ya por el calor de la pistola se borró cualquier huella”. Ella levanta los casquillos sin usar guantes y procede a lanzarlos en el fondo de una bolsa de plástico sucia, “lo que se puede encontrar ya, son las estrías que deja cada pistola al realizar el disparo”, explica.

Posteriormente, los peritos se adelantan al prescolar de la población donde las balas le arrebataron la vida a Francisco Jiménez Alejandre, cuyo cuerpo cayo ensangrentado en el lugar. Cerca de ahí, las balas también cobrarían la vida de Jose Carlos Jiménez Crisostomo quien fue alcanzado por los proyectiles cuando quería ingresar a su casa y de cuyo cuerpo no hay foto pues fue trasladado a un hospital en Uruapan donde perdió la vida.

“El gobierno nos mandó a bandidos”

Entre sí los comuneros hablan en purépecha, sólo usan el español cuando encuentran evidencia y lo comunican a los peritos. La inspección viene de regreso, pero aún salen a su paso casquillos y bombas de gas lacrimógeno.

La rabia contenida y el estupor se cuelan en los testimonios, un comunero narra cómo en el taller mecánico de su hijo fueron balaceados los vehículos que ahí había, no hace falta querer creer lo que cuenta, basta con voltear y ver los destrozos en el lugar de la escena que hablan por sí mismos.

Herida por las detonaciones, su casa se duele en los muros por la incursión policiaca; lo mismo su caballo, ahí está, con la marca de herida de bala en el muslo trasero. Pero no fue sólo eso, también le robaron 50 mil pesos que le acababan de prestar.

“El gobierno nos mandó a unos bandidos para que golpeara a las mujeres y a los niños. Yo los siento por ellos y los siento más por los que han muerto”, señala con la voz entrecortada.

Las casas ultrajadas dan testimonio de lo ocurrido, las evidencias son claras, incluso en una de ellas hay una placa y un chaleco antibalas que se le cayó a uno de los elementos “cuando entró a robar”, tiene el número serial 014322, lote 21/15 a nombre de la Secretaría de Seguridad Pública del Estado. Los comuneros piden que tal situación quede asentada en actas.

A la casa en la que encontraron la placa y el chaleco antibalas los peritos buscan entrar solos, con nerviosismo y premura, no quieren que haya prensa bajo el argumento de que se puede contaminar la escena, pero los comuneros se molestan y reclaman “queremos que quede testimonio”.

“Le voy a comentar una cosa jefe, la investigación se sigue, pero si aquí los medios transgreden lo que es la contaminación del hecho, se va a caer, si tú sacas foto de esto yo te puedo llamar como testigo” amenazó uno de los peritos.

Ahí el tratamiento que se quiere dar pareciera otro, sobre todo porque –como lo explica el dueño de la casa- los uniformados también le hurtaron pertenencias, dinero y computadora, él estima que en total fueron como 300 mil pesos.

Ese lugar es el último del recorrido, y aunque los peritos muestran toda la evidencia que recabaron tras la jornada se abstienen de hacer lo mismo con la placa del chaleco antibalas, sin embargo se ven obligados frente al reclamo de los comuneros y sus autoridades.

Ahora esperar el resultado de los peritajes, en tanto hombres, mujeres y niños de Arantepacua deberán conocer otra noticia funesta, el viernes la muerte de un cuarto comunero que permanecía hospitalizado, ¿cuántas más tocarán a su puerta aún?.

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