Operación Gedeón en Venezuela: entre el malestar social y la impotencia militar

Desde tempranas horas del 3 de mayo y ya con 8 muertos y una decena de detenidos en los primeros instantes de la acción, se reconocía el fracaso de la operación Gedeón, que consistía en la incursión armada de un grupo de hombres sobre la costa centro-norte venezolana. Al momento, el ex boina verde y líder de la contratista militar estadounidense Silvercorp, Jordan Goudreau, asumía la responsabilidad de la acción. Dos lanchas rápidas, provenientes de Colombia, eran neutralizadas. La guinda del pastel significó la captura, pocas horas después, de dos ciudadanos estadounidenses, exmilitares, quienes declararon que el fin último de la operación era el asesinato o aprensión de Maduro y su traslado a Estados Unidos, país que le colocó precio a su cabeza hace poco más de un mes, acusándolo de “narcoterrorismo”.

Cuando continúa la tensión, este fin de semana el gobierno de Venezuela denunció el hallazgo en aguas venezolanas, específicamente en riberas del río Orinoco (al sur de la frontera), de tres lanchas rápidas militares, con armas y municiones, pertenecientes a las fuerzas armadas colombianas, quienes reconocieron la información, aduciendo que se las había llevado la corriente del río.

Al pasar los días, debido a la forma ingenua como ocurrieron los hechos, puede llegar a parecer ésta una acción bastante infantil cuya realización parecería más creíble para fanáticos del cine de acción de Hollywood que para analistas militares.

Pero lo cierto es que la operación Gedeón se realizaba bajo una coyuntura perfecta para su desarrollo, con un contexto social inmejorable y con incentivos adicionales para el riesgo.

A raíz de la pandemia y la gravísima escasez de gasolina que se extendió hace semanas, entre otros factores por el endurecimiento de las sanciones de Estados Unidos, la situación económica revivió los peores momentos de la crisis venezolana en el 2017 y 2018, ahora agravada por el tema del combustible en todo el territorio nacional, la baja del precio del petróleo y las secuelas económicas del coronavirus.

Así, la tercera semana de abril se produjeron saqueos y protestas en ciudades importantes como Cumaná, Barquisimeto, Valles del Tuy, Margarita y Upata. Todas ubicadas a lo largo de la geografía venezolana. La carestía de alimentos calentaba las calles y había un murmullo e inconformidad general.

Una chispa podía ser suficiente para incendiar la pradera.

Pero lo que cayó con Gedeón fue un balde de agua.

La oposición venezolana: desnuda, otra vez.

Nada valió el malestar social. Como era de esperarse, y como de hecho había sucedido en febrero y abril de 2019, toda intervención implementada desde territorio colombiano no hace sino compactar a las fuerzas armadas venezolanas y al chavismo, y, en consecuencia, oxigenar a Maduro como única opción de gobernabilidad. Una incursión foquista, convertida en intento de invasión por la narrativa oficial, terminaría siendo un acto perfecto para solidificar el aparato militar y policial venezolano.

Muy difícilmente algún sector militar o político venezolano, que viva en Venezuela, pueda saludar abiertamente una aventura armada proveniente de Colombia (un país en histórico conflicto con Venezuela), respaldada además por la industria del narcotráfico y el paramilitarismo, en combinación con el lobbie anticastrista de Miami, karmáticamente atado al ahora recordado acontecimiento de Bahía de Cochinos, o Playa Girón para el relato cubano.

Las protestas que se llevaron a cabo en abril no contaban con ningún tipo de coordinación central y el modelo político actual de la oposición de asumir un simulacro de presidencia, con decretos aéreos e incumplidos, le impide aprovechar el momento político en el que podría funcionar, con mayor efectividad, una jefatura de oposición que aglutinara el malestar y aplicara una estrategia de avance hacia un cambio en la correlación de fuerzas para derrocar a Maduro o, con mayor probabilidad, presionarlo a buscar una salida política negociada en el mediano plazo.

El impacto de la operación Gedeón en la oposición venezolana no es más que el de una nueva derrota, que no solo deja desmoralización y bajón en sus seguidores, sino que incluso lleva a divisiones a lo interno del movimiento de Guaidó, como es el caso de la postura del partido Primero Justicia, cuyo coordinador nacional Julio Borges es canciller en el exilio del interinato. Dicho partido ha publicado un comunicado desmarcándose de los hechos, condenando este tipo de acciones y reclamando la expulsión de los actores que hayan estado involucrados en el hecho. Si el Washington Post publicó un contrato firmado por Guaidó y Goudreau para implementar la operación: ¿está pidiendo aquel partido la renuncia de Guaidó? No lo expresan abiertamente, pero su abandono a la línea de intervención violenta deja íngrimo al partido de Guaidó, Voluntad Popular, y con graves problemas para seguir desarrollando su estrategia, que privilegia la acción militar rápida implementada desde el exterior.

La evidente vinculación de Guaidó en el hecho le abre un flanco en una de sus principales fortalezas: los medios internacionales, que se han agolpado a criticar de manera contundente su participación y malos argumentos para salir del embrollo.

Por su parte, son varios los analistas de oposición y los medios de derecha radical que no ven otra opción: la figura de Maduro, su gobierno y su alianza con los militares sale fortalecida. Además, aleja las posibilidades de un acuerdo político que normalice la situación política de cara a las elecciones parlamentarias que deben realizarse este año, según dicta la constitución, con lo cual resultará más factible que se achique la participación opositora y quede el chavismo solo en el juego electoral apenas acompañado de una oposición maleable y con ello recupere el único espacio institucional que le era esquivo: el Parlamento.

Por su parte, Guaidó sufre un doble descalabro. Queda mal con el ala democrática de la oposición, que espera un acuerdo para asistir a las parlamentarias en condiciones de normalidad y así mantener el único poder público con que cuenta. Y queda mal con el sector radical, puesto que está siendo denunciado por Goudreau de haber incumplido el pago y no haber acompañado hasta sus últimas consecuencias la operación definitiva para derrotar a Maduro.

Pero Gedeón no solo impacta en la oposición venezolana sino también en sus principales aliados.

Consecuencias en Colombia y Estados Unidos

Las consecuencias del desenlace no solo se esparcen por Venezuela. También por Colombia. Especialmente para sus fuerzas armadas, las cuales se han cuidado de no involucrarse de manera directa en el conflicto. Priva la idea según la cual un enfrentamiento armado contra Venezuela que se prolongue en el tiempo va a desestabilizar toda la región y especialmente el territorio colombiano.

La institucionalidad colombiana ya no cuenta con la firmeza que tenía a comienzos del gobierno de Duque. Primero por el alto grado de conflicto social que se presentó a finales del año pasado, justo después de la derrota de su partido en las regionales de octubre. Segundo, porque los acuerdos de paz lucen vencidos. Y tercero, porque los aliados antimaduristas, como Piñera, Bolsonaro y todo el grupo de Lima, hoy tratan de sobrevivir a las crisis políticas del año pasado y a la crisis sanitaria y económica del coronavirus.

El resultado de la operación Gedeón confirma los temores que apuntaban que las acciones armadas, oficiales o paramilitares pueden ser insuficientes para una labor de cambio político en Venezuela, que el gobierno de Maduro está preparado para neutralizar fácilmente este tipo de acción “quirúrgica” y que un intento foráneo de cambiar el poder político venezolano va a desencadenar en un conflicto prolongable en el tiempo y el espacio. Y Colombia será el principal impactado.

Por su parte, el gobierno de Estados Unidos puede verse afectado de manera importante, especialmente en lo referente al discurso electoral de Trump sobre Venezuela, que busca ganarse el voto latino del estado de Florida, fundamental para obtener su reelección. Después de varias derrotas en la política sobre Venezuela, como la del fallido golpe militar del 30 de abril de 2019, y en medio de la pandemia, es probable que Trump tenga ahora que rediseñar su discurso electoral basado hasta ahora en darle un contundente apoyo simbólico a una Presidencia paralela que, en medio de este escándalo, profundiza sus problemas de legitimidad. Ahora, una intervención o acción quirúrgica, real o simbólica, que suba la moral de su electorado más conservador, tiene muchas más probabilidades de riesgo. Deberá pensárselo mejor.

¿Otra Bahía de Cochinos?

Como era de esperarse una fallida incursión militar de este tipo sería rápidamente arropada por el relato oficial y, debido a las coincidencias, comparada con el acontecimiento de Bahía de Cochinos, según la nomenclatura estadounidense, o Playa Girón, según la cubana. Este fue un intento de desembarco del anticastrismo desde Estados Unidos en la bahía del mismo nombre en abril del año 61, con resultados políticos comparables. Especialmente porque fortaleció al gobierno cubano y provocó una complicación política para Estados Unidos, desde donde se implementó la acción. Develó la incapacidad del poderoso país de mantener una línea de acción coherente y más bien mostró una actitud vacilante y descoordinada. Playa Girón ha sido parte importante del relato victorioso de Cuba, incluso casi 60 años después. En el imaginario político de Estados Unidos y América latina, esa acción quedó como un desastre político del gobierno norteamericano.

No obstante, desde este análisis, la obvia comparación puede ser rápidamente rebasada, sobre todo en la política interna venezolana. La crisis económica sigue aumentando su crudeza, el problema de la gasolina parece haber llegado para quedarse y ya hay una fuerte presión social para aperturar una economía que ha sido asfixiada, tanto por la escasez de combustible como por la cuarentena, además del fortalecimiento del bloqueo financiero de Estados Unidos. Parece casi seguro que sigamos viendo nuevos episodios de tumultos, saqueos y protestas. El favorable desenlace de la operación Gedeón para el gobierno de Maduro no descarta la posibilidad de que se produzca la chispa, porque la pradera parece estar muy lejos de superar la sequía.

Ociel Alí López

Es sociólogo, analista político y profesor de la Universidad Central de Venezuela. Ha sido ganador del premio municipal de Literatura 2015 con su libro Dale más gasolina y del premio Clacso/Asdi para jóvenes investigadores en 2004. Colaborador en diversos medios de Europa, Estados Unidos y América latina.

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