Fallece Johan Cruyff: El crack holandés que se opuso a la dictadura de Videla

Fútbol Rebelde

En este articulo no hablaremos de Holanda, sino de uno de los mejores jugadores de fútbol de la historia tulipán, perteneciente al mítico plantel apodado, “La Naranja Mecánica”. Tampoco trataremos de sus grandes condiciones técnicas, sino de cuando, pese a que cuatro años antes había perdido la final de Alemania 1974 defendiendo a la “Naranja mecánica” se negó a cruzar en el 78 el Atlántico, solidarizando con las víctimas de la dictadura militar que violaba los derechos humanos del hermano pueblo argentino.

Johan Cruyff, fue el cerebro de un plantel que quedó en la retina del mundo futbolístico por algo que los técnicos denominaron como el “fútbol total”. A partir de ese estilo de juego se empezó a practicar otro fútbol, marcando una tendencia e imponiendo una gran diferencia sobre el resto. Ese conjunto dejó una huella en el torneo alemán, una escuela, extendiendo lo que gran parte de sus jugadores habían dado a conocer tiempo antes en el Club Ajax, desde donde empezó esta revolución naranja.

Pero todo sería una mera anécdota y sumatoria de hechos de no ser por Cruyff, jugador que en favor de los derechos humanos abandonó la mítica “Naranja mecánica” justo cuando ésta volvía a otra final mundialera, esta vez en Buenos Aires, el año 78. Todas las fichas a ganador estaban puestas nuevamente en el equipo, pese a que su gran figura del Mundial del ’74 -justamente Johan Cruyff- decidió no viajar a Argentina en protesta a la dictadura de Jorge Rafael Videla. Sin él, nueve de sus compañeros que ya habían perdido la final en Alemania, cuatro años antes, volvieron a sucumbir ante Argentina. A saber: Jongbloed, Krol, Jansen, Neeskens, Haan, Suurbier, René Van der Kerkhof, Rep y Rensenbrink. Con su ejemplo, las actitudes solidarias en el fútbol nunca más volvieron a ser las mismas.

Ídolo: Como futbolista, Johan Cruyff (nació en Amsterdam el 25 de abril de 1947), siempre usó la camiseta número 14 tanto en el Ajax, el Barcelona y su propia selección. Su pasión, más que las coincidencias, lo llevó posteriormente a dirigir ambos clubes, cuyas escuelas son justamente las que se veían las caras hoy en la final de la Copa de Sudáfrica que él ha seguido como comentarista.

Dictadura: Johan Cruyff -dos veces premiado con el Balón de Oro como el mejor jugador de Europa: 1972 y 1973- dejó así, sin su jugador estrella, a la cita mundialera que se trasmitía al mundo por primera vez en TV color. La drástica decisión del jugador apenas fue mencionada por los medios trasandinos de la época para evitar opacar el torneo.

Releyendo una crónica del redactor Eduardo van der Kooy, en el “Libro de oro del Mundial”, editado por Diario Clarín, los militares argentinos jugaron en aquel Mundial, su propio partido en el duelo final que llevó a la selección argentina a titularse campeón del mundo por primera vez. Para ellos, ser campeones significaba muchas cosas más que el título.

“En Chile, el general Augusto Pinochet consolidaba su poder con un tramposo plebiscito convocado para rechazar las presiones extranjeras.  En Uruguay, la dictadura funcionaba con el disfraz de un civil, el del insípido Aparicio Méndez. En Brasil, Joao Figueiredo intentaba abrir a la política las puertas del régimen militar. En Paraguay, Alfredo Stroessner continuaba impertérrito. En Bolivia, Hugo Banzer empezaba a tambalear por una huelga de hambre de los mineros del estaño. En la Argentina, en 1978, las Fuerzas Armadas encaraban una fase decisiva de lo que denominaban la solución final: su eternización en el poder y la definitiva domesticación de la sociedad”, escribió Eduardo van der Kooy.

Pero fue justamente la actitud de Cruyff que evitó que los planes se concretaran 100 por ciento.¿El motivo? La realización y conquista del Mundial de Fútbol fue sólo el primer objetivo que persiguieron los militares argentinos al organizar el Mundial en su país en su afán por perpetuarse en el poder, según postuló en sus crónicas el mismo Van der Kooy. El segundo objetivo quedó trunco: los aprestos bélicos para una guerra con Chile por el Beagle, que finalmente fue evitado por la mediación papal de ese año.

Aquel campeonato al que faltó Johan Cruyff desnudó otro rostro trágico de la dictadura. No el que tuvo que ver con los balances secretos de la organización del torneo, sino el de las sórdidas luchas que justificaron su existencia.

Según escribió en la época el cronista Juan Carlos Jurado en la revista Marca, “el balón echó a rodar en el Mundial de Argentina un jueves 1 de junio de 1978, el mismo día en que las Madres de la Plaza de Mayo se manifestaban como cada jueves desde el 30 de abril de 1977 ante la Casa Rosada pidiendo la devolución de sus hijos. Mientras Argentina se desangraba con 30.000 personas desaparecidas, tanto la FIFA como el resto del mundo prefirieron mirar para otro lado y disfrutar del espectáculo del fútbol. Sin embargo, hubo jugadores que sí se atrevieron a mostrar su disconformidad y su absoluto rechazo al régimen dictatorial de Jorge Rafael Videla. Así, Johan Cruyff se negó a jugar el Mundial de Argentina por la violación masiva de derechos humanos que realizaba dicho régimen”.

La crónica alusiva al tema dejó establecido que “a la hora de recibir los trofeos, los holandeses se fueron a los vestuarios para no dar la mano a los jefes de la dictadura argentina durante la entrega de sus medallas de plata por el subcampeonato conseguido. Además, antes de la final, se reunieron con las Madres de la Plaza de Mayo. Lo mismo hizo el portero sueco Ronnie Hellström. El día que arrancó el Mundial, Hellström acompañó a las Madres de la Plaza de Mayo en su manifestación frente a la Casa Rosada en lugar de asistir a la ceremonia de inauguración. Fue el único mundialista que lo hizo”. El jugador dijo: “Decidí hacerlo porque era una obligación que tenía con mi conciencia”.

Cruyff escapó a la media del futbolista de la época. Como buen amante de la lectura, siempre se mantenía informado. Por eso no se dejó manipular por los sentimientos colectivos. Jamás quiso creer que Argentina fuera víctima de una campaña perversa sobre los derechos humanos y, por el contrario, pese a su ausencia, estuvo más presente que muchos apoyando a las víctimas de los atropellos.

Heredero del trono que antes perteneció a Di Stéfano y Pelé, Johan Cruyff fue dueño de una técnica y elegancia exquisita, cambio de ritmo endiablado y visión de jugada periférica envidiable. Por eso los cronistas de la época lo catapultaron como un genio dentro de la cancha y un caballero fuera de ella. La historia dirá que Cruyff fue el “holandés de oro” porque, además, se negó a ser parte del lavado de imagen que el fútbol otorgó a una dictadura militar.

[Aclaración y actualización por parte de Fútbol Rebelde] El crack holandés nos deja en la misma fecha que se cumplen 40 años del golpe que dio inicio a la dictadura civico-militar de Videla, una paradoja, porque más allá de las investigaciones históricas en torno a la no participación de Johan Kruyff en el Mundial del 78, desmintiendo la tesis del gesto de denuncia por la violación a los derechos humanos y posicionando la hipótesis del conflicto familiar post secuestro, igualmente es necesario rescatar la consecuencia política y social de este tremendo jugador.

¿Porque no creer que su propia vivencia de un secuestro haya sensibilizado a Johan Cruyff sobre la situación en la Argentina de Videla, llena de secuestros, asesinatos, detenciones ilegales y desapariciones? ¿Cómo no relacionar su inasistencia al mundial del 78 con el compromiso cumplido por los jugadores de la naranja mecanica de no recibir la Copa -en caso de haber sido campeones- ni las medallas de segundo lugar del dictador Jorge Videla?.

El gesto de Kruyff debe ser rescatado, desde esa terca y tozuda consecuencia, como un atisbo de esperanza y un ejemplo de que es posible vincular el ejercicio del balompié con una conciencia crítica y reflexiva. Ese gesto es como un grito en el desierto, en una disciplina futbolística consumida por el mercado y los negocios, es una posibilidad de acción que debemos defender frente a las y los niños que comienzan a correr por las canchas del barrio.

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