¿El Ejército en las calles?

Podríamos recordar también las masacres
que el Ejército ha hecho en su propio pueblo.
No sigamos levantando las glorias a un Ejército
que hacia adentro se ha comportado
como salvajes con los chilenos.
Gabriel Salazar (Premio Nacional de Historia 2006, Chile).

Este martes 4 de abril de 2017, el diario El Economista, me despertó con el encabezado “Exigen evaluación sobre el ejército en las calles, antes de crear una Ley (WOLA: The Washington Office on Latin América)”. El artículo nos invita a concluir que El Congreso de la Unión tiene la consigna peñista de aprobar cuanto antes una Ley de Seguridad Interior, no sólo sin pensar en las consecuencias de aumentar la militarización de la seguridad pública sino en el establecimiento de facto de un Estado Militar, que sería sin duda un Estado Fascista: 1) gobernado por los ideales militares: el sometimiento al Amo sin pensar (la ejecución de órdenes sin pensar); 2) la consigna llevada al plano de objetivo de existir para exterminar a un enemigo; 3) el amor al ejército concebido como salvo y santo; 4) el culto a la Patria y a la bandera, como a la madre pura y Virgen; 5) la manipulación de las masas adoctrinadas por una ideología propagandística; 6) la vinculación a la plutocracia (el gobierno de los ricos); 7) el programa de la extrema derecha (explotación, discriminación, homofobia, xenofobia y misoginia, con claros tintes de Imperialismo de Estado) y el necesario nexo entre el fascismo y la paranoia (como lo publiqué en este mismo medio en “Un diván para Donald Trump).

Ximena Suárez y Maureen Meyer, en el mencionado artículo de El Financiero, destacan que después de la pública presión ejercida por el Secretario de la Defensa Nacional (Sedena), Salvador Cienfuegos, sobre el Presidente Enrique Peña Nieto, quejándose de la ausencia de un marco legal para que el Ejército opere en las acciones de seguridad pública, que lo pone en el blanco de los ataques periodísticos, la opinión pública y la condena de las organizaciones defensoras de los Derechos Humanos, las cámaras de diputados y senadores se apresuran a aprobar una ley en la materia. O se apuran, como concluye la sabiduría popular, que casi nunca se equivoca, a implementar lo que les pida el Amo, a cambio de prebendas y/o posiciones políticas.

Una ley que ampliaría y normalizaría la presencia militar en la seguridad pública, en vez de hacer una inteligente, justa y transparente evaluación crítica del verdadero impacto del Ejército en las calles, después de más de una década, durante la cual no se ha logrado reducir sino incrementar, multiplicar, diversificar e internacionalizar la delincuencia organizada. Además de que el Ejército ha cometido graves violaciones a los derechos humanos, casos de tortura, desaparición forzada y ejecuciones extrajudiciales (ampliamente documentados): entre 2012 y 2016 se acumularon 6, 182 casos de delitos y violaciones a los derechos humanos, en espera de ser investigados y resueltos, pero sólo 29 sentencias penales de parte de jueces federales (por homicidio, desaparición forzada, tortura, violación, agresión, falsedad de declaraciones judiciales, abuso de autoridad, posesión de narcóticos y delincuencia organizada. Un abultado expediente que de quedarse pendiente redimensiona la criminalidad y con ella la trasgresión de las leyes y la eternización del Imperio de la Impunidad.

Recuerdo que cuando aquí en Revolución 3.0 publiqué una denuncia sobre el asesinato del gorila Bantú del Zoológico de Chapultepec, comparé el Código Militar con el Derecho canónico de la Iglesia Católica y con los protocolos del Zoológico de Chapultepec y de todos los de México, una ingeniosa pero perversa tapadera en casos de impericias y “muertes”, donde los implicados dictaminan para perdonarse todas sus culpas. Ser jueces y parte es su pan cotidiano.

De aquí que la Procuraduría General de la República (PGR), no garantice ni la investigación ni el enjuiciamiento de delitos y violaciones a los derechos humanos, por tres obvias razones: 1) la implementación superficial de las reformas legales, como la de 2014 al Código Militar, porque en la práctica El Ejército sigue teniendo el control sobre sus propias pesquisas, por lo que son lentas y opacas; 2) las investigaciones sobre delitos cometidos por militares no son prioritarias, pues el mismo Estado, por obvias razones, ¡¡¡ no quiere problemas con militares!!! y 3) la ausencia total de la investigación de la cadena de mando: la nula investigación de funcionarios de alto rango dentro del Ejército y del poder político.

Les recuerdo que para Sigmund Freud, el ejército es una masa particular (Freud, Psicología de las masas y análisis del yo, 1920, Amorrortu, 1979). Las masas son de diversas clases: efímeras o duraderas, homogéneas o heterogéneas, primitivas o altamente organizadas, naturales o artificiales. Donde Freud da mayor valor a las multitudes con líder. Por lo que escoge las masas con más alto grado de organización, cuyos ejemplos más significativos son la Iglesia y el Ejército, que son masas artificiales, pues necesitan de cierta obligación externa para poder impedir su disolución y evitar alteraciones en su composición. En estas masas de alto grado de organización, protegidas contra su desintegración, existen lazos amorosos que se encuentran muy velados con respecto a otras masas. Son masas que están hechas a imagen y semejanza de la familia: lazos que se exigen como indisolubles, símbolos sagrados, secretos, complicidades, pactos y rituales, fraternidades y ferocidades. Tanto en la iglesia como en el ejército gobierna una ilusión o espejismo común: un Jefe, Cristo o el General, que ama a todos los miembros de la masa por igual. De esta ilusión depende su indisoluble unidad. Para cada individuo de la masa creyente, Cristo o el General son un bondadoso hermano mayor y hasta el sustituto del padre. Y todos los deberes deben responder a la altura de este amor y lealtad. En la iglesia, incluso como dogma, priva la democracia: todos son iguales a los ojos de Cristo. Algo similar pasa en el ejército, pero con una relación jerárquica entre la masa: cada capitán es el general en jefe y el padre de la compañía, como cada suboficial es el jefe y el padre de la suya; pero con una paternidad que no es tierna ni comprensiva, pues aplica una ley severa que cree encarnar. En la práctica, una jerarquía parecida priva en la iglesia, donde los altos prelados pueden llegar a asumir el papel de un padre que empuña una ley terrorífica, con la que no hacen más que repartir castigos, según una lectura perversa que hacen del credo cristiano. A la objeción de que la composición amorosa de las masas no es suficiente para mantener la unidad de estas masas, Freud responde que el lazo social suele complicarse al punto de que al jefe, que permite el lazo social, lo puede sustituir una idea rectora: patria o gloria nacional. En estas dos masas artificiales cada uno de sus miembros tiene una doble relación: con el líder y con el resto de los miembros de la masa. Este doble vínculo es el que le permite a Freud afirmar la falta de libertad de cada uno de sus miembros y de la masa en su conjunto. Una sujeción que favorece la servidumbre, el dogmatismo, el fanatismo y la renuncia al pensamiento racional y crítico, que favorece las más cruentas atrocidades. Pero una religión, aunque sea la religión del amor, no puede evitar ser dura con quienes no pertenecen a ella, que explica que también esté preparada para la crueldad y la intolerancia hacia los otros: los diferentes. Lo que explica, a propósito de la despenalización del aborto, los recientes llamados de altos prelados de la Iglesia católica a “la cruzada contra la cultura de la muerte”; en nombre del “Dios de los Ejércitos”, con el peligro siempre latente del estallido de una guerra religiosa. Una barbarie de la que el ejército no es ajeno, pues como vive de la ilusión de su indisoluble unidad y de que su jefe encarna la ley, no puede más que obedecerla sin pensar y de manera terrorífica hacia los civiles. Tal vez por ello, la sabia Atenas de América, Costa Rica, decidió no tener ejército y dedicar todo esa enorme fortuna a la educación, que al cabo ante la guerra nuclear ningún país tercermundista ni primer mundista puede sobrevivir, por lo que el ejército sólo se reduce al lastimoso papel de custodiar al Gobierno, principalmente cuando es débil, lo que reduce la tarea de la milicia a la triste y cobarde contención de la disidencia, hasta los límites de la masacre de su propio pueblo.

¿El Ejército en las calles? Si es así legisladores, que nunca regresan a consultar a quienes les eligieron y les pagan, ¡¡¡ se anuncia una tormenta más terrible que la que azota a los vecinos del norte y el planeta Tierra !!!

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